
| Carta apostólica "El rápido desarrollo" a los Responsables de las comunicaciones sociales Juan Pablo II (2005) |
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1. El rápido desarrollo de las tecnologías en el campo de los medios de comunicación constituye, sin duda, un signo del progreso que experimenta la sociedad actual. Al contemplar estas novedades en continua evolución resulta aún más actual cuanto se lee en el decreto del concilio ecuménico Vaticano II Inter mirifica, promulgado por mi venerado predecesor, el siervo de Dios Pablo VI, el 4 de diciembre de 1963: "Entre los maravillosos inventos de la técnica que, sobre todo en nuestros tiempos, ha extraído el ingenio humano, con la ayuda de Dios, de las cosas creadas, la Madre Iglesia acoge y fomenta con peculiar solicitud aquellos que miran principalmente al espíritu humano y han abierto nuevos caminos para comunicar, con extraordinaria facilidad, todo tipo de noticias, ideas y doctrinas". I. Un camino fecundo trazado por el decreto "Inter mirifica" 2. Transcurridos más de cuarenta años desde la publicación de aquel documento, se hace oportuna una nueva reflexión sobre los "desafíos" que las comunicaciones sociales plantean a la Iglesia, la cual, como indicó Pablo VI, "se sentiría culpable ante Dios si no empleara esos poderosos medios". De hecho, la Iglesia no sólo ha de usar estos medios de comunicación para difundir el Evangelio sino también, hoy más que nunca, para integrar el mensaje salvífico en la "nueva cultura" que precisamente esos poderosos medios crean y amplifican. La Iglesia advierte que el uso de las técnicas y de las tecnologías de la comunicación contemporánea es parte integrante de su propia misión en el tercer milenio. Movida por esta conciencia, la comunidad cristiana ha dado pasos significativos en el uso de los medios de comunicación para la información religiosa, para la evangelización y la catequesis, para la formación de los agentes de pastoral en este sector y para la educación en una madura responsabilidad de los usuarios y destinatarios de los diversos instrumentos de la comunicación. 3. Los desafíos para la nueva evangelización, en un mundo rico en potencialidad comunicativa como el nuestro, son múltiples. Teniendo en cuenta esta realidad, en la carta encíclica Redemptoris missio subrayé que el mundo de la comunicación es el primer areópago del tiempo moderno, capaz de unificar a la humanidad, transformándola, como suele decirse, en "una aldea global". Los medios de comunicación social han alcanzado una importancia tan grande que para muchos son el principal instrumento de guía e inspiración para su comportamiento individual, familiar y social. Se trata de un problema complejo, ya que tal cultura, antes que de los contenidos, nace del hecho mismo de la existencia de nuevos modos de comunicar con técnicas y lenguajes inéditos. Vivimos en una época de comunicación global, en la que muchos momentos de la existencia humana se articulan a través de procesos mediáticos o por lo menos deben confrontarse con ellos. Me limito a recordar la formación de la personalidad y de la conciencia, la interpretación y la estructuración de vínculos afectivos, la articulación de las fases educativas y formativas, la elaboración y la difusión de fenómenos culturales, y el desarrollo de la vida social, política y económica. En una visión orgánica y correcta del desarrollo del ser humano, los medios de comunicación pueden y deben promover la justicia y la solidaridad, refiriendo los acontecimientos de modo esmerado y verdadero, analizando completamente las situaciones y los problemas, y dando voz a las diversas opiniones. Los criterios supremos de la verdad y la justicia, en el ejercicio maduro de la libertad y de la responsabilidad, constituyen el horizonte dentro del cual se sitúa una auténtica deontología en el aprovechamiento de los modernos y potentes medios de comunicación social. II. Discernimiento evangélico y compromiso misionero 4. También el mundo de los medios de comunicación necesita la redención de Cristo. Para analizar, con los ojos de la fe, los procesos y el valor de las comunicaciones sociales resulta de indudable utilidad la profundización de la sagrada Escritura, la cual se presenta como un "gran código" de comunicación de un mensaje no efímero y ocasional, sino fundamental en razón de su valor salvífico. La historia de la salvación narra y documenta la comunicación de Dios con el hombre, comunicación que utiliza todas las formas y modalidades del comunicar. El ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios para acoger la revelación divina y para entablar un diálogo de amor con él. A causa del pecado, esta capacidad de diálogo ha sido alterada, tanto a nivel personal como social, y los hombres han vivido y siguen viviendo la amarga experiencia de la incomprensión y de la lejanía. Sin embargo Dios no los ha abandonado y les ha enviado a su mismo Hijo (cf. Mc 12, 1-11). En el Verbo hecho carne el evento comunicativo asume su máxima dimensión salvífica: de este modo se da al hombre, en el Espíritu Santo, la capacidad de recibir la salvación y de anunciarla y testimoniarla a sus hermanos. 5. Por tanto, la comunicación entre Dios y la humanidad ha alcanzado su perfección en el Verbo hecho carne. El acto de amor a través del cual Dios se revela, unido a la respuesta de fe de la humanidad, genera un diálogo fecundo. Precisamente por esto, al hacer nuestra, en cierto modo, la petición de los discípulos "enséñanos a orar" (Lc 11, 1), podemos pedirle al Señor que nos ayude a entender cómo comunicarnos con Dios y con los hombres a través de los maravillosos instrumentos de la comunicación social. Reconducidos al horizonte de tal comunicación última y decisiva, los medios de comunicación social se revelan como una oportunidad providencial para llegar a los hombres en cualquier latitud, superando las barreras de tiempo, de espacio y de lengua, formulando en las más diversas modalidades los contenidos de la fe y ofreciendo a quien busca lugares seguros que permitan entrar en diálogo con el misterio de Dios revelado plenamente en Cristo Jesús. El Verbo encarnado nos ha dejado el ejemplo de cómo comunicarnos con el Padre y con los hombres, sea viviendo momentos de silencio y de recogimiento, sea predicando en todo lugar y con todos los lenguajes posibles. Él explica las Escrituras, se expresa en parábolas, dialoga en la intimidad de las casas, habla en las plazas, en las calles, en las orillas del lago y en las cimas de los montes. El encuentro personal con él no deja indiferente; al contrario, estimula a imitarlo: "Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a plena luz; y lo que os digo al oído, proclamadlo desde los terrados" (Mt 10, 27). Hay después un momento culminante en el que la comunicación se hace comunión plena: es el encuentro eucarístico. Reconociendo a Jesús en la "fracción del pan" (cf. Lc 24, 30-31), los creyentes se sienten impulsados a anunciar su muerte y resurrección, y a ser valientes y gozosos testigos de su reino (cf. Lc 24, 35). 6. Gracias a la Redención, la capacidad comunicativa de los creyentes se ha sanado y renovado. El encuentro con Cristo los transforma en criaturas nuevas, les permite entrar a formar parte del pueblo que él ha conquistado con su sangre muriendo en la cruz, y los introduce en la vida íntima de la Trinidad, que es comunicación continua y circular de amor perfecto e infinito entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La comunicación penetra las dimensiones esenciales de la Iglesia, llamada a anunciar a todos el gozoso mensaje de la salvación. Por esto, asume las oportunidades que le brindan los medios de comunicación social como caminos ofrecidos providencialmente por Dios en nuestros días para acrecentar la comunión y hacer más incisivo el anuncio. Los medios de comunicación permiten manifestar el carácter universal del pueblo de Dios, favoreciendo un intercambio más intenso e inmediato entre las Iglesias locales y alimentando el recíproco conocimiento y colaboración. Damos gracias a Dios por la presencia de estos poderosos medios que, si los creyentes los usan con el genio de la fe y con docilidad a la luz del Espíritu Santo, pueden contribuir a facilitar la difusión del Evangelio y a hacer más eficaces los vínculos de comunión entre las comunidades eclesiales. III. Cambio de mentalidad y renovación pastoral 7. En los medios de comunicación la Iglesia encuentra un apoyo excelente para difundir el Evangelio y los valores religiosos, para promover el diálogo y la cooperación ecuménica e interreligiosa, así como para defender aquellos sólidos principios indispensables para la construcción de una sociedad respetuosa de la dignidad de la persona humana y atenta al bien común. Asimismo, la Iglesia los emplea de buen grado para proporcionar información sobre sí misma y para dilatar los confines de la evangelización, de la catequesis y de la formación, convencida de que su utilización responde al mandato del Señor: "Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación" (Mc 16, 15). Ciertamente, esta misión no es fácil en nuestra época, en la cual se ha difundido en muchos la convicción de que el tiempo de las certezas ha pasado irremediablemente: para muchos el hombre debería aprender a vivir en una perspectiva de carencia total de sentido, caracterizada por lo provisional y lo fugaz. En este contexto, los medios de comunicación pueden usarse "para proclamar el Evangelio o para reducirlo al silencio en los corazones de los hombres". Esto representa un serio reto para los creyentes, sobre todo para los padres, para las familias y para cuantos son responsables de la formación de la infancia y de la juventud. Es preciso estimular en la comunidad eclesial, con prudencia y sabiduría pastoral, a quienes tienen particulares dotes para el trabajo en el campo de los medios de comunicación, para que lleguen a ser profesionales capaces de dialogar con el vasto mundo mediático. 8. Valorizar los medios de comunicación no es sólo tarea de "entendidos" del sector, sino también de toda la comunidad eclesial. Si, como se ha dicho antes, las comunicaciones sociales abarcan los diversos ámbitos de la expresión de la fe, los cristianos deben tener en cuenta la cultura mediática en la que vivimos: desde la liturgia, suprema y fundamental expresión de la comunicación con Dios y con los hermanos, hasta la catequesis, que no puede prescindir del hecho de que se dirige a personas influenciadas por el lenguaje y la cultura contemporáneos. El fenómeno actual de las comunicaciones sociales impulsa a la Iglesia a una especie de revisión pastoral y cultural para ser capaz de afrontar de manera adecuada el cambio de época que estamos viviendo. Esta exigencia corresponde, sobre todo, a los pastores. En efecto, es importante trabajar para que el anuncio del Evangelio se haga de modo incisivo, que estimule la escucha y favorezca la acogida. En este campo tienen una especial responsabilidad las personas consagradas que, por su carisma institucional, se dedican al trabajo en el ámbito de las comunicaciones sociales. Una vez formadas espiritual y profesionalmente, "presten de buen grado sus servicios, según las oportunidades pastorales, (...) para que se eviten, de una parte, los daños provocados por un uso adulterado de los medios y, de otra, se promueva una mejor calidad de las transmisiones, con mensajes respetuosos de la ley moral y ricos en valores humanos y cristianos". 9. Precisamente teniendo en cuenta la importancia de los medios de comunicación, hace ya quince años juzgué inoportuno dejarlos a la iniciativa individual o de grupos pequeños, y sugerí que se insertaran con claridad en la programación pastoral. Las nuevas tecnologías, en especial, crean nuevas oportunidades para una comunicación entendida como servicio al gobierno pastoral y a la organización de las diversas tareas de la comunidad cristiana. Piénsese, por ejemplo, en internet: no sólo proporciona recursos para una mayor información, sino que también habitúa a las personas a una comunicación interactiva. Muchos cristianos ya están usando este nuevo instrumento de modo creativo, explorando las potencialidades para la evangelización, para la educación, para la comunicación interna, para la administración y para el gobierno. Pero, además de internet, se deben utilizar otros nuevos medios y se han de buscar nuevas formas de usar los instrumentos tradicionales. Los periódicos, las revistas, los diversos tipos de publicaciones, la televisión y la radio católicas siguen siendo muy útiles en un panorama completo de la comunicación eclesial. Los contenidos -que naturalmente se deben adaptar a las necesidades de los diversos grupos- tendrán siempre por objeto hacer a las personas conscientes de la dimensión ética y moral de la información. Del mismo modo, es importante garantizar la formación y la atención pastoral de los profesionales de la comunicación. Con frecuencia estas personas se encuentran ante presiones particulares y dilemas éticos que emergen del trabajo cotidiano; muchos de ellos "desean sinceramente saber y practicar lo que es justo en el plano ético y moral" y esperan de la Iglesia orientación y apoyo. IV. Los medios de comunicación, encrucijada de las grandes cuestiones sociales 10. La Iglesia, que en virtud del mensaje de salvación que le confió su Señor es también maestra de humanidad, siente el deber de dar su propia contribución para una mejor comprensión de las perspectivas y de las responsabilidades ligadas al actual desarrollo de las comunicaciones sociales. Precisamente porque influyen en la conciencia de las personas, forman su mentalidad y determinan su visión de las cosas, es preciso insistir de manera clara y fuerte que los medios de comunicación social constituyen un patrimonio que se debe tutelar y promover. Es necesario que también las comunicaciones sociales entren en un marco de derechos y deberes orgánicamente estructurados, desde el punto de vista tanto de la formación y la responsabilidad ética, como de la referencia a las leyes y a las competencias institucionales. El positivo desarrollo de los medios de comunicación al servicio del bien común es una responsabilidad de todos y de cada uno. Debido a los fuertes vínculos que los medios de comunicación tienen con la economía, la política y la cultura, es necesario un sistema de gestión que sea capaz de salvaguardar el carácter central y la dignidad de la persona, el primado de la familia, célula fundamental de la sociedad, y la correcta relación entre las diversas instancias. 11. Se imponen algunas decisiones que se pueden sintetizar en tres opciones fundamentales: formación, participación y diálogo. En primer lugar, es necesaria una vasta obra formativa para que los medios de comunicación sean conocidos y usados de manera consciente y apropiada. Los nuevos lenguajes introducidos por ellos modifican los procesos de aprendizaje y la calidad de las relaciones humanas, por lo cual, sin una adecuada formación se corre el riesgo de que en vez de estar al servicio de las personas, las instrumentalicen y condicionen gravemente. Esto vale, de manera especial, para los jóvenes, que manifiestan una propensión natural a las innovaciones tecnológicas y que, por eso mismo, tienen mayor necesidad de ser educados en el uso responsable y crítico de los medios de comunicación. En segundo lugar, quisiera llamar la atención hacia el acceso a los medios de comunicación y hacia la participación corresponsable en la gestión de los mismos. Si las comunicaciones sociales son un bien destinado a toda la humanidad, se deben encontrar formas siempre actualizadas para hacer posible una amplia participación en su gestión, incluso a través de oportunas medidas legislativas. Es necesario hacer crecer la cultura de la corresponsabilidad. Por último, no hay que olvidar las grandes potencialidades que los medios de comunicación tienen para favorecer el diálogo, convirtiéndose en vehículos de conocimiento recíproco, de solidaridad y de paz. Dichos medios constituyen un poderoso recurso positivo si se ponen al servicio de la comprensión entre los pueblos y, en cambio, un "arma" destructiva, si se usan para alimentar injusticias y conflictos. De manera profética, mi venerado predecesor el beato Juan XXIII, en la encíclica Pacem in terris, ya puso en guardia a la humanidad sobre esos posibles riesgos. 12. Suscita un gran interés la reflexión sobre el papel "de la opinión pública en la Iglesia" y "de la Iglesia en la opinión pública". Mi venerado predecesor Pío XII, durante el encuentro con los editores de los periódicos católicos, les dijo que algo faltaría en la vida de la Iglesia si no existiera la opinión pública. Este mismo concepto ha sido confirmado en otras circunstancias; y en el Código de derecho canónico se reconoce, con determinadas condiciones, el derecho a expresar la propia opinión. Si es cierto que las verdades de fe no están abiertas a interpretaciones arbitrarias y que el respeto a los derechos de los otros crea límites intrínsecos a la expresión de las propias valoraciones, no es menos cierto que en otros campos existe entre los católicos un amplio espacio para el intercambio de opiniones, en un diálogo respetuoso de la justicia y de la prudencia. Tanto la comunicación en el seno de la comunidad eclesial como la de la Iglesia con el mundo exigen transparencia y un modo nuevo de afrontar las cuestiones referentes al universo de los medios de comunicación. Tal comunicación debe tender a un diálogo constructivo para promover en la comunidad cristiana una opinión pública rectamente informada y capaz de discernir. La Iglesia, al igual que otras instituciones o grupos, tiene la necesidad y el derecho de dar a conocer sus propias actividades pero, al mismo tiempo, cuando sea necesario, debe poder garantizar una adecuada reserva, sin que ello perjudique una comunicación puntual y suficiente de los hechos eclesiales. Este es uno de los campos donde se requiere mayor colaboración entre fieles laicos y pastores, ya que, como subraya oportunamente el Concilio, "De este trato familiar entre los laicos y los pastores se pueden esperar muchos bienes para la Iglesia; actuando así, en los laicos se desarrolla el sentido de la propia responsabilidad, se favorece el entusiasmo, y las fuerzas de los laicos se unen más fácilmente a la tarea de los pastores. Estos, ayudados por laicos competentes, pueden juzgar con mayor precisión y capacidad tanto las realidades espirituales como las temporales, de manera que toda la Iglesia, fortalecida por todos sus miembros, realice con mayor eficacia su misión para la vida del mundo". V. Comunicar con la fuerza del Espíritu Santo 13. El gran reto para los creyentes y para las personas de buena voluntad en nuestro tiempo es el de mantener una comunicación verdadera y libre, que contribuya a consolidar el progreso integral del mundo. A todos se les pide saber cultivar un atento discernimiento y una constante vigilancia, madurando una sana capacidad crítica ante la fuerza persuasiva de los medios de comunicación. También en este campo los creyentes en Cristo saben que pueden contar con la ayuda del Espíritu Santo, una ayuda aún más necesaria si se considera cuán grandes pueden ser las dificultades intrínsecas a la comunicación, tanto a causa de las ideologías, del afán de ganancias y de poder, de las rivalidades y de los conflictos entre individuos y grupos, como a causa de la fragilidad humana y de los males sociales. Las modernas tecnologías hacen que crezca de manera impresionante la velocidad, la cantidad y el alcance de la comunicación, pero no favorecen del mismo modo el frágil intercambio entre mente y mente, entre corazón y corazón, que debe caracterizar toda comunicación al servicio de la solidaridad y del amor. En la historia de la salvación Cristo se nos ha presentado como "comunicador" del Padre: "Dios (...) en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo" (Hb 1, 2). Él, Palabra eterna hecha carne, al comunicarse, manifiesta siempre respeto hacia aquellos que le escuchan, enseña la comprensión de su situación y sus necesidades, impulsa a la compasión por sus sufrimientos y a la firme determinación de decirles lo que tienen necesidad de escuchar, sin imposiciones ni componendas, sin engaño ni manipulación. Jesús enseña que la comunicación es un acto moral: "El hombre bueno, del buen tesoro saca cosas buenas; el hombre malo, del tesoro malo saca cosas malas. Os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás declarado justo y por tus palabras serás condenado" (Mt 12, 35-37). 14. El apóstol san Pablo tiene un mensaje claro para cuantos están comprometidos en las comunicaciones sociales -políticos, comunicadores profesionales y espectadores-: "Por lo tanto, desechando la mentira, hable con verdad cada cual con su prójimo, pues somos miembros los unos de los otros. (...) No salga de vuestra boca palabra dañosa, sino la que sea conveniente para edificar según la necesidad y hacer el bien a los que os escuchan" (Ef 4, 25. 29). A los agentes de la comunicación, y especialmente a los creyentes que trabajan en este importante ámbito de la sociedad, aplico la invitación que hice al mundo entero desde el inicio de mi ministerio de Pastor de la Iglesia universal: "¡No tengáis miedo!". ¡No tengáis miedo de las nuevas tecnologías! Están "entre las cosas maravillosas" -"Inter mirifica"- que Dios ha puesto a nuestra disposición para descubrir, usar, dar a conocer la verdad; también la verdad sobre nuestra dignidad y sobre nuestro destino de hijos suyos, herederos del Reino eterno. ¡No tengáis miedo de la oposición del mundo! Jesús nos aseguró: "Yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33). ¡No tengáis miedo de vuestra debilidad y de vuestra incapacidad! El divino Maestro dijo: "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20). Comunicad el mensaje de esperanza, de gracia y de amor de Cristo, manteniendo siempre viva, en este mundo que pasa, la perspectiva eterna del cielo, perspectiva que ningún medio de comunicación podrá alcanzar jamás directamente: "Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, Dios lo preparó para los que le aman" (1 Co 2, 9). A María, que nos dio el Verbo de vida y conservó en su corazón las palabras que no perecen, encomiendo el camino de la Iglesia en el mundo de hoy. Que la Virgen santísima nos ayude a comunicar, con todos lo medios, la belleza y la alegría de la vida en Cristo nuestro Salvador. A todos os bendigo. Vaticano, 24 de enero de 2005, memoria de San Francisco de Sales, patrono de los periodistas.
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